Es miércoles 7 de octubre, el Teatro Palermo estaba repleto de un público que sabía muy bien lo que buscaba. El teatro no estaba simplemente ocupado; se encontraba lleno de esa expectativa particular que se instala cuando el público sabe perfectamente a quién viene a ver. Eran las 19:00 horas y, mientras algunos terminábamos de comer y otros apuraban alguna vianda o un brebaje, se podía observar una escena curiosa. Miradas cruzadas entre desconocidos que, de alguna manera, parecían pertenecer a la misma comunidad.
La de quienes siguen a Felipe Avello desde hace años y la de quienes lo descubrieron mucho después, probablemente a través de uno de esos videos que cada día aparecen en YouTube y que han convertido sus obsesiones, conversaciones y divagaciones en una suerte de serie interminable. Porque Avello ya no necesita demasiado contexto.
Una voz en off, bastante menos docta que el protagonista de la noche, pidió apagar los celulares y entonces apareció él. Felipe Avello Suazo, el periodista disfrazado de comediante, o quizás el comediante que nunca dejó de ser periodista. Ahí está buena parte de la explicación.
Avello conoce el lenguaje de los medios, entiende cómo funciona una cámara, sabe dónde está el límite de una entrevista, reconoce el poder de una frase mal dicha y, sobre todo, sabe que el absurdo puede ser mucho más efectivo cuando se presenta con absoluta seriedad.
Su personaje tiene algo del bufón medieval; aquel único personaje de la corte autorizado para reírse del rey. Solo que Avello llevó esa licencia varios pasos más allá. Se ríe del rey, del público, de sus colaboradores, del lugar que lo cobija, de sí mismo y, cuando corresponde, del propio espectáculo. Y lo hace con una particular mezcla de elegancia, torpeza deliberada y una inocencia que nunca termina de saberse si es verdadera o perfectamente actuada. Por eso Avello es, simplemente, el “p#t# amo”. Y él lo sabe.
El periodista detrás del bufón.
Hay algo interesante en verlo en vivo después de tantos años observándolo en televisión, en escenarios o en YouTube. Mi acompañante, bastante más alejada del show business que quien escribe estas líneas, lo resumió de una manera mucho más sencilla: “Es más flaco que en la tele”. Después vino la segunda observación: “Y se ve más joven”. Y tenía razón.
En persona, Avello parece todavía más pequeño que en pantalla, pero su presencia escénica hace exactamente lo contrario, lo agranda. El cuerpo se transforma en parte del relato. El gesto, la pausa, la mirada, una palabra mal pronunciada o deliberadamente deformada terminan funcionando como recursos narrativos. Ahí aparece el oficio.
Porque detrás de ese personaje que parece improvisar cualquier cosa existe una maquinaria bastante más precisa de lo que aparenta. Avello juega con las palabras, las deforma, las escribe mal, las pronuncia peor y luego construye sobre ese error una historia completa. Lo que en otro podría parecer simplemente una equivocación, en él se transforma en material cómico.
Y ahí está una de sus mayores virtudes: hacer parecer espontáneo aquello que requiere años de oficio.
Reírse del otro sin dejar de respetarlo
Hay momentos en que Avello busca incomodar, pero no lo logra, pues todos sabemos que esa incomodidad es parte del espectáculo. Se permite jugar con lo ambiguo, con el defecto, con el deseo, con la sexualidad, con aquello que normalmente nos obliga a medir las palabras. Puede mirar al otro como objeto, invertir los roles, llevar una situación hacia un lugar inesperado y quedarse ahí el tiempo suficiente para que el público se pregunte si realmente acaba de decir lo que dijo.
Pero hay una diferencia importante. Avello parece entender que la provocación no necesariamente necesita crueldad. Su humor puede ser incómodo, pero rara vez se siente malintencionado. Hay una especie de respeto que funciona como salvavidas. Incluso cuando el chiste apunta hacia alguien, el propio Avello parece estar dispuesto a quedar expuesto en la misma operación. Y ojo, lo hablo en Primera Línea, pues fuí el viejo de la velada...
Se ríe del otro, pero también se entrega como objeto de burla. Y eso cambia completamente el juego.
De SQP al escenario
Quizás por eso resulta imposible mirar al Avello actual sin recordar al periodista que alguna vez estuvo en televisión. El niño mal portado de SQP. El reportero que parecía no respetar demasiado las reglas del espectáculo televisivo. El personaje incómodo que entendió antes que muchos que la farándula también podía ser un escenario para la comedia. Después vendrían otras estaciones.
La televisión, los programas, las entrevistas, los personajes, los escenarios, los videos y ese universo digital que hoy le permite mantener una relación prácticamente cotidiana con su público. Pero hay algo que permanece intacto: el periodista. Uno que por estos días está fuera de la televisión, porque genuinamente está sobre un escenario. Y quizás ahí encontró su mejor versión. Porque Avello conoce el espectáculo desde adentro. Sabe cómo se construye una cámara, cómo se fabrica un personaje, cómo funciona una entrevista y cómo el público espera determinado comportamiento de quien está frente a él.
Entonces hace lo contrario. Desarma todo, cuenta una historia que parece no conducir a ninguna parte y termina exactamente donde quería. Abre una idea, la abandona, vuelve a ella veinte minutos después y encuentra una nueva manera de hacerla funcionar. Recupera una palabra, un gesto o una situación y la convierte en un chiste que, en apariencia, nunca estuvo preparado. Pero lo estaba. Eso también es oficio.
El bufón se quedó con el escenario
Durante años hemos visto aparecer nuevos nombres en la comedia chilena. Muchos vienen detrás de Avello y cada uno ha construido su propio lenguaje, sus propios personajes y sus propias audiencias.
Pero justamente ahí está la diferencia. Felipe Avello no tiene estilo; Avello es un estilo en sí.
Es difícil copiarlo porque buena parte de su humor nace de una personalidad que no parece diseñada para ser personaje. Es Felipe Avello siendo Felipe Avello, llevado al extremo, jugando con aquello que alguna vez aprendió como periodista, un hombre frente a las cámaras de TV y convirtiéndolo en una herramienta para hacer reír.
Por eso su espectáculo no necesita grandes escenografías ni demasiados artificios.
Le basta un escenario, un micrófono, una historia y ese particular modo de mirar al público como si estuviera a punto de contarle algo que probablemente no debería contar.
Y entonces ocurre la magia que todos buscamos; ocurre la risa. Una detrás de otra.
Hasta que uno entiende que el verdadero talento de Avello no está solamente en hacer reír. Está en haber construido un lenguaje propio, reconocible, improbable y difícilmente replicable. El miércoles 7 de octubre, en el Teatro Palermo, el bufón volvió a salir a escena y el rey, por una noche, volvió a reírse de sí mismo.



