El Parque O’Higgins ya no huele solo a pasto seco y a los clásicos sándwiches de festival; ahora tiene aroma a un crisol sudamericano en el que convergen la memoria, el baile y la urgencia de encontrarnos.
Caminar por el recinto durante el fin de semana significó atravesar fronteras invisibles con solo un par de pasos. A un costado sonaba el repique urbano del Caribe cubano, metros más allá el acordeón ballenato abría compases de nostalgia colombiana, y en el escenario principal la gramilla vibraba bajo el peso de tres décadas de rock argentino y cumbia rioplatense.
En su primera edición, el Festival Bamba se propuso una tarea titánica: funcionar como una suerte de Lollapalozza de las músicas de la región y, contra todo pronóstico de debut, logró levantar una identidad reconocible.
Memoria y movimiento
Las primeras horas de la segunda jornada tuvieron ese tono íntimo de los reencuentros tempranos. Mientras Aura Bae, iLe, Catamarta y Paloma Morphy templaban el ambiente ante un público que lentamente empezaba a poblar el parque, el verdadero punto de ebullición llegó con la irrupción de Ráfaga. Una locura si me lo permiten...
Celebrando treinta años de trayectoria, la emblemática agrupación argentina de cumbia no necesitó de introducciones pomposas. Bastaron los primeros acordes de "Una ráfaga de tu amor" y "No te vayas" para que el público transformara el césped en una pista de baile kilométrica.
Entre coreografías espontáneas, brazos en alto y guiños inesperados que fueron desde el reguetón de Daddy Yankee hasta un guiño rockero al clásico "Smoke on the Water" de Deep Purple, la banda demostró que la nostalgia bailable es un idioma universal. "¡Queremos quilombo de verdad, queremos fiesta de verdad!", clamaban desde las tablas, desatando la euforia colectiva con himnos inmortales como "Mentirosa" y "Una cerveza".
Tras el paso de una colorida pero por momentos densa Bomba Estéreo, que pese a sus problemas de claridad vocal encendió a la audiencia con "To My Love", y la calidez festiva de Amigos de Artistas rindiendo tributo a Joe Vasconcellos y Mon Laferte, el aire comenzó a cargarse de una electricidad distinta. La noche se acercaba y los grandes tótems del continente aguardaban tras bambalinas.
El rezo rockero de Fito
Apenas pisó el escenario, Fito Páez disipó cualquier duda sobre su vigencia. Sin artificios innecesarios, amparado únicamente en una banda de jerarquía impecable y en un cancionero que forma parte de la educación sentimental de varias generaciones, el rosarino tejió una comunión inmediata.
Canciones como "El amor después del amor", "11 y 6" y "El breve espacio en que no estás" resonaron coreadas por miles de gargantas. Pero la cumbre emocional estalló cuando los acordes de "Ciudad de pobres corazones" y "A rodar mi vida" sacudieron el recinto.
Fue en ese instante, bajo luces rojas y un pulso rockero incansable, cuando Páez miró al público y lanzó una sentencia que hizo temblar las entrañas del parque: "Me tienen podrido con esto de que el rock and roll está muerto". Con un cierre eufórico a puro color con "Mariposa tecknicolor" y "Dar es dar", el músico argentino firmó sin discusión la postal más sólida de todo el fin de semana.
El abrazo que coronó la fiesta
Aún quedaba cuerda en el carrete. Tras la sólida y rítmica descarga de hip hop cubano a cargo de Orishas con su inolvidable "A lo cubano", la responsabilidad histórica de clausurar la primera edición del festival recayó sobre Carlos Vives.
El colombiano entendió la misión a la perfección. Convertido en un torbellino de sudor y carisma, transformó el Parque O’Higgins en una prolongada celebración caribeña al ritmo de "Volví a nacer" y "Ella es mi fiesta". Entre pantallas que rescataban archivos de su juventud y homenajes entrañables a su compañera Mayte Montero, Vives demostró por qué supo revolucionar el vallenato tradicional.
Pero el momento cumbre, aquel que quedará grabado en la memoria de los asistentes, ocurrió cuando las luces enfocaron la llegada sorpresiva de Juanes.
Entre risas, abrazos y elogios mutuos sobre la influencia del vallenato en la música moderna, ambos unieron sus voces para interpretar "La camisa negra" y regalar una versión conmovedora de "La tierra del olvido". Esa imagen de hermandad sintetizó a la perfección el espíritu de Bamba.
La fiesta se extendió más allá de lo previsto. Entre una kiss cam juguetona al ritmo de "Robarte un beso" y bromas sobre armar una pijamada gigante para no irse, Vives estiró el reloj lo que pudo. Cerca de 60 mil personas transitaron por estas dos jornadas inaugurales.
Quedan desafíos por delante como afinar los horarios y dinamizar las primeras horas; no obstante, el balance del primer Bamba deja una certeza inapelable. La música latinoamericana tiene la fuerza, la diversidad y la salud necesarias para adueñarse de un espacio permanente en el corazón de Chile.



